jueves, 20 de febrero de 2014

¿Y TÚ, CUÁL ES TU OFICIO?

Ésta es la frase que Leonidas, rey I de Esparta, le realiza a varios de los “soldados” del ejército de los Arcadios comandado por Taxos que pretende unirse a ellos para la batalla a celebrar en las
Termopilas contra el numeroso ejército persa. Taxos sabía que cerca de 300.000 “soldados” del ejercito liderado por el emperador Persa, Jerjes, les esperaban y al ver que los espartanos solo eran 300 se encogió de miedo. Sin embargo, fue en ese momento cuando Leonidas empieza a preguntar de uno en uno a varios del ejército Arcadio, “Tú, ¿cuál es tu oficio?”, “Yo, señor, soy Alfarero”. “Y tú, ¿cuál es tu oficio?”, “Yo señor, soy escultor”... lo que se temía, ninguno se sentía verdaderamente soldado. ”¡Espartanos!”, grito Leónidas, “¿Cuál es vuestro oficio?”, al que todos sus soldados, absolutamente todos, respondieron a la vez un grito de guerra que cualquiera se atreve a meterse con ellos.Leónidas prosiguió “Taxos, como ves, tú habrás traído más hombres, pero yo he traído más soldados”.
¿Y tus pupilos, qué se sienten? Porque esa pregunta es la primera que un atleta debe tener clara. Su respuesta no es fácil. En ella se engloban muchos aspectos a tener en cuenta. A ella pueden contestar “atleta” pero no todos lo son porque una cosa es querer ser y otra es muy diferente es llegar a serlo. Muchos quieren, y por querer se puede querer todo el oro del mundo pero llegar, solo llegan muy pocos. Para llegar a ser o a conseguir algo, el camino a seguir fácil no es, ni corto tampoco. Por eso la gente que solo concibe en lo quiero ya y no quiero calentarme la cabeza, a la larga se pierde entre sus deseos.

Es fácil distinguir a un atleta, solo tienes que observarle. Sus gestos, la manera de realizar los ejercicios, la manera de expresarse, el contenido de sus palabras, la técnica con la que se desplaza, el saber estar aquí o allá, el interesarse por el de al lado sin importarle su nivel, el querer luchar cada día por sus metas como si no hubiera mañana. Un atleta es aquel que no deja para mañana lo que puede hacer hoy, el que sabe que en el mundo del deporte al igual como en la vida, no se regala nada y por eso trabaja hasta el último segundo o metro sin dudar, pero, y ¿qué se siente su entrenador? Porque esta respuesta es casi igual o más esencial que la del atleta y mucho más cuando pensamos en atletas de categorías menores. El entrenador es para el atleta, la máxima figura en la que confiar, en la que apoyarse, a él recurren para mostrarle sus alegrías y sus preocupaciones. En él dejan recaer sus sueños deportivos, sueños que en esos instantes, son lo único que cuentan. Por eso es imprescindible que el entrenador se sienta entrenador y actúe como un verdadero entrenador, ya que es el espejo al que se miran sus atletas y muchos actuarán en consecuencia a lo que este mismo haga o diga. Es imprescindible que el entrenador quiera implicarse de verdad con las carreras deportivas de sus atletas, tanto desde el principio cuando llegan sin saber, como en los buenos momentos cuando todo da su fruto o en los malos momentos cuando hay que volverse a levantarse. Un entrenador no puede pretender solamente hacer planes y mandar hacerlos como si el atleta de enfrente fuera una mera máquina de hacer y hacer sin pensar que para hacer se necesita nada más que mandarlo como a una máquina. Un entrenador debe querer implicarse con su atleta y eso conlleva transmitir y asentar una formación en lo deportivo y lo necesario en lo extra-deportivo para que el atleta sepa discernir lo que debe y no debe hacer por ese camino que le guiará a sus metas.